Saturday, July 10, 2004

C

"Soy un Job sin amigos, sin dios, sin lepra."
EMcioran


Los vimos al mediodía, quiero decir: al mediodía. En el centro. Todos los pájaros están muertos, regados en la calle. Comenzaban a caer. Algunos estallaron el en aire, otros, se arrojaban contra las paredes, los cristales, los peatones. Es imposible andar por la ciudad sin aplastar sus pequeños cuerpos, sin escuchar como sus cabezas crujen a cada paso dado, sin setir como sus coágulos, sus víceras se pegan a las suelas como esperando la resurreción, como implorando perdón y nuevos cielos. Primero uno: azul, recién nacido, si los pájaros nacen alguna vez.Parecía un feto. Lo trajo ç. DIjo que se lo había encontrado bajo un árbol, que probablemente cayó del nido. Entonces lo comprendimos todo. K luchaba contra el argumento y los cigarros. 12:00. La hora del rumiante. ☻ miró al segundo, al tercero, comenzaron a caer a montones. Afuera las sombrillas no se hicieron esperar. ç comenzó a entonar el himno nacional; todos lo seguimos a coro. En el techo se escuchaban golpes, chillidos, los gritos de los pájaros. El llanto de las aves y sus lágrimas dijo Sergio K. Estoy tranquilo.

Friday, July 09, 2004

C

Cuando Sergio le dijo a Rafael aquello de la risa, lo miraba como de humo de cigarro de la mano de una Marcela carcomida por las vergas fatuas de los vejetes en los masajes de la tarde y media vigilia, vergas dentadas postizas que el ligero escote de la sombra humedecida de Marcela sueña alguna vez enhiestas. Sergio habla con el cigarro en la lengua, escupe el humo, dice: la risa. Las paredes son movimientos muy lentos,tienen miles de vaginas que escuchan nuestros pensamientos y se hacen espuma en el café de Corintios. La risa. Ojos de perro ciego, ojos de serpiente machacada bajo el talón seminal de dios y su culo blanquecino, ojo del culo de dios es el ojo que dejas caer sobre el cuerpo envilecido de la mujer en el sueño del otro, ojo y ojos de la nocturna cebra arrodillada en el monte de Venus de la más puta oh enamorados es el ojo y los ojos de Sergio y la risa cuando él la menciona. Sergio K está sentado sobre brazas y se retuerce discretamente en la parrila de los 70 comenzales que lo esperan, Sergio K es bañado de vino y es olor y crujir de huesos en la mesa mayor de un restaurante. Sergio K vende lamentos y cruza las piernas como la calle tres días después del atentado y llega al cafetín de la tarde para hablarle a Rafael de la risa. Podría decir la risa después de Rosales y Madero y antes de Hidalgo para cruzar Independencia de los nombres y pensar su discurso sincopado y los peces quietos en la ventana líquida que nos separa de dos en dos ante la corte todopoderosa de los sirvientes esbozados que duermen a carcajadas mientras estrellan los cubiertos en el cielo; entonces K diría la risa con tristeza, inventaría un Rafael de humo para mirar a Marcela y los vejetes vegetales babeando los manteles que K soñará esta noche antes de preparar su argumento de mañana cuando le hable a Rafael de la risa.